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Desde Molenbeek con amor

  • Published in Cultura
{mosimage}Eladio Méndez Arozena.- Parafrasear al título de la película de James Bond “Desde Rusia con amor” no es una casualidad en este caso. Molenbeek se ha convertido en la nueva Unión Soviética de principios del siglo XXI. Como su equivalente del siglo pasado, Molenbeek es ahora el epicentro de todo el horror y la conspiración que arruinan este mundo.

Evidentemente ni en aquel caso, ni en este, esto era o es así. Esta comuna (municipio) de la región de Bruselas-capital está poblada mayoritariamente por musulmanes, fundamentalmente de origen marroquí, siendo Molenbeek un distrito formado típicamente por trabajadores, gente por tanto de un nivel de ingresos bajo a lo que se une un igualmente bajo nivel de instrucción, con importantes tasas de analfabetismo en su propia lengua de origen (el árabe).
En una gran proporción, los habitantes de Molenbeek se componen de trabajadores y comerciantes inmigrantes de primera, segunda, e incluso tercera generación, con poca o ninguna integración en la sociedad belgo-belga (así se denomina aquí a los nacionales belgas de origen netamente belga), sino que han formado en cierta medida un gueto aparte en el que en a veces uno tiene la impresión de encontrarse en cualquier suburbio de una ciudad marroquí si no fuera porque el decorado (edificios, calles, plazas, mobiliario urbano) no cuadra con la vestimenta que porta una gran cantidad de sus habitantes.

Debido a la histórica política de multiculturalismo étnico y religioso impulsada por las autoridades belgas como modus vivendi entre las diferentes comunidades que componen el mosaico bruselense (la mitad de los habitantes de la ciudad son directamente extranjeros residentes), la comunidad musulmana (mayoritariamente marroquí y turca) tendió siempre a la endogamia. En el caso de los hombres inmigrantes venidos en los años 60, estos buscaron, una vez estabilizados en territorio belga, traer a su mujer y a sus hijos. Fue lo que se llamó política de reunificación familiar.
 
En el caso de los hijos varones de estos inmigrantes (segunda generación) a menudo la búsqueda de pareja se realizaba en los territorios de origen, accediendo las esposas automáticamente a la ciudadanía belga gracias a que esta segunda generación ostentaba dicha ciudadanía por nacimiento. De este modo, aún hoy en día, sigue siendo bastante corriente que un joven belga de origen marroquí busque esposa en el Rif o en el Atlas, ya que además muchos de ellos son de origen bereber (por algo son los pobres de Marruecos los que emigraron y siguen emigrando mayoritariamente a Europa). Este tipo de comportamiento se ha visto favorecido en gran medida por las políticas socialdemócratas y a favor de los derechos humanos de una parte importante la administración belga, creándose finalmente unas muy numerosas comunidades en los que se da la paradoja de que a menudo las segundas y terceras generaciones participan menos que las primeras en los valores del conjunto de la sociedad, y están menos integradas en ella, sobre todo en los sectores de escasa formación.

Siendo así este estado de cosas, es decir, habiendo frustración socio-económica, bajo nivel de educación y situación de semi-gueto no necesariamente buscada por el Estado belga (pero realmente existente dadas las diferencias abismales con la población belgo-belga), todo ello hace que efectivamente en las calles y hogares de Molenbeek se viva un acentuado fenómeno de radicalización social e ideológica. Sobre todo por parte de una juventud que siente en carne propia esta frustración por esa falta de integración y por la ausencia de prestigio social y económico de su comunidad en general y de ellos mismos en particular. Estos jóvenes que crecen desarrollando odio social se ven empujados a expresar su frustración de la única manera que saben o que le han enseñado: levantando la bandera identitaria y canalizando este odio social hacia el enfrentamiento étnico-religioso. De esta manera contraponen sus intereses al del conjunto de la sociedad blanca europea como si esta estuviera formada por una sola capa y no por diferentes clases sociales, por trabajadores belgas y de otras nacionalidades que en una buena medida están sometidos a los mismos o parecidos embates que los trabajadores de las comunidades marroquí o turca.

Es por ello equivocado hablar de un enfrentamiento de civilizaciones cuando en realidad lo que ocurre es un conflicto de clases, pues son estos jóvenes empobrecidos y frustrados, atónitos ante la contemplación del espectacular nivel de riqueza de la sociedad belga y europea, los que empuñan las armas o las bombas contra sus conciudadanos, o contra los ciudadanos de países limítrofes, como ha sido el caso en los recientes atentados de París, preparados en suelo belga por arabo-musulmanes de nacionalidad belga.

Al mismo tiempo, esta juventud radicalizada y fanatizada responde a la soberbia del establishment europeo con la suya propia, declarándose portadora del legado histórico y tradiciones del antiguo imperio árabe-musulmán, del califato cuyos filósofos y científicos “inventaban las matemáticas” mientras los europeos occidentales “andaban en harapos” y “sufrían de la peste” y otras enfermedades, según el relato popular comúnmente aceptado en su comunidad. Así mismo, esta juventud sufre –con toda lógica– al ver como en sus países de origen, o en general en los países arabo-musulmanes, la situación económico-social es desastrosa y la pérdida de soberanía nacional es casi absoluta. Para contrarrestar este fenómeno su respuesta es una versión muy manipulada de su religión. No les falta razón en sentirse atacados y maltratados, pero buscar respuesta en la religión, vista además de una manera tan atrasada y medieval, lo único que les lleva es a confundirse de enemigo y a atentar contra víctimas inocentes como si el problema fuera de Choque de Civilizaciones.

En mi opinión, la solución para toda esta caótica situación no son solamente los argumentos de la educación y la integración, que a fuerza de ser repetidos hasta la saciedad han devenido demasiado manidos y huecos. La solución es más justicia social y redistribución de la riqueza, no sólo para las comunidades y grupos arabo-musulmanes afincados en Europa, sino también, y sobre todo, para las sociedades de los países de origen, que sufren el caos en sus territorios gracias a una suerte de dominación neocolonial, a la importación de la guerra en gran escala por parte del imperio americano y sus adláteres (o satélites), a los embates de la globalización económica que destruye sus actividades económicas tradicionales, y a la rapiña de las clases poseedoras locales que se enriquecen con las riquezas naturales (cuando no las ponen al servicio de las grandes multinacionales) y que no tienen ningún proyecto real de construcción de naciones y sociedades soberanas y emancipadas.

En este sentido, la eliminación o desaparición efectiva de los reaccionarios regímenes petromonárquicos imperantes en los países del golfo es una de las condiciones clave para la resolución global del conflicto que enfrenta a árabes y musulmanes con el resto de la humanidad, pues ellos son los principales instigadores y mantenedores financieros del terrorismo islamo-fascista representado por DAESH y/o Al-Qaeda, así como los impulsores de la ola de conservadurismo religioso, social, económico y político, que desde la caída del proyecto laico y panarabista encarnado por el presidente egipcio Nasser, sacude a los países de religión musulmana. Desgraciadamente, y gracias a la ayuda de EE.UU., Israel, y las potencial europeas occidentales, las petromonarquías reaccionarias y los presidencialismos religioso-conservadores le ganaron históricamente la partida al progresismo panárabe, que tantas esperanzas levantó dentro y fuera de aquella región.

La otra clave, evidentemente, es la solución del problema palestino-israelita mediante la creación de un estado palestino, la descolonización de los territorios, o bien la refundación del Estado judío en un Estado binacional con plenos derechos para todos que ponga fin a esa herida siempre sangrante que representa la excusa y el argumento más favorable para aquellos que se sienten maltratados por Occidente. Nunca antes se vivió tanta hipocresía y doble rasero como en este conflicto que enfrenta a dos culturas que paradójicamente no están tan lejos la una de la otra, al menos en Historia y creencias.

Todas estas “soluciones” son en el momento presente, no nos vamos a llamar a engaño, de muy difícil implementación dada la tendencia actual de la política global y el desacuerdo, incluso enfrentamiento, entre las potencias imperialistas clásicas y las nuevas potencias capitalistas emergentes, en concreto los BRICS. Sin embargo, al margen de que la derrota militar de DAESH sea una necesidad urgente e insoslayable, si no se ayuda a crear sociedades adultas, desarrolladas y dueñas de sus recursos en los países arabo-musulmanes, el problema estará muy lejos de resolverse y nos obligará, a la gente sencilla y durante mucho tiempo, a vivir con la amenaza de este terrorismo como si de una poderosa espada de Damocles sobre nuestras cabezas se tratara.

La salida no está por tanto en activar un conflicto de civilizaciones sino en acabar con la desigualdad, la injerencia y la neocolonización de estas comunidades, pueblos, países y territorios. Ese será también el fin para ese crónico sentimiento de inferioridad y de venganza, para ese odio y resentimiento social que alienta, por reacción, a estos jóvenes europeos a cometer las barbaridades de las que hemos sido testigos en estos últimos años y que en muchos de sus países originarios se ha convertido en pan de todos los días.